LA CASPA DEL DIABLO

Cuando el patrón dice “¡ya estuvo!

Es el cuarto cinco. El último al final de pasillo de paredes blancas con goteras. La masajista pide: ¡Ahora boca abajo!. El aceite que le escurre de las manos sacude como rodillo las piernas de este cliente especial. Son ya tres horas ahí dentro. El cliente y su comitiva de cuatro escoltas, tres en el cuarto de masaje, uno tras la puerta y una botella de whisky, no tienen prisa. Llegaron pasadas las 7 de la noche, cuando las luces de la ciudad empezaron a prenderse y el corrido de “Los 17 de Matamoros”, se escuchó en cualquier auto. Pero el tiempo importa poco a la masajista. Cómo no hacer su mejor trabajo cuando las mejores propinas las dejan clientes como este que son de a mucho conocidos aquí en Reynosa. Como si fuese un luchador aplicando una llave, la masajista dobla la pierna del cliente que para aminorar los dolores tiene un remedio: truena los dedos y uno de sus escoltas, el panzón y rapado con cara de pocos amigos prepara la dosis: una línea delgadísima de la caspa del diablo made in Medellín. -¿Así patrón? El patrón apenas si puede contestarle. Las embestidas tipo rodillo están ahora sobre su cuello. Ahí donde se tatuó el nombre de un viajo amor que conoció en Matamoros: dice en letras caracoleadas: “Minerva mi sangre”. No hay más datos de aquel amor fronterizo. Tocan a la puerta. ¿Sí?, pregunta la masajista. ¡Patrón, voy echarle un ojo allá afuera!. –Ya está- responde casi balbuceando de placer el cliente. El bordo que se le forma en el cuello cada que alza un poco la cabeza tiene también una cicatriz que una calibre 38 le dejó hace años una balacera allá en Nuevo Laredo. -La libró porqué diosito es grande. Porque no le tocaba. Se quedó en lista de espera- El guarura camina con cierto dejo de grandeza por el pasillo que conduce hacía la calle. Renguea de una pierna. No le pregunten porqué. Nunca lo ha querido decir. Sus colegas escoltas sospechan que le dio polio allá en Miguel Alemán, donde creció –mirando como el pueblo de casitas de madera se iba transformando en caserones de media cuadra con Hummers y lanchas jaladas en remolques por Jeeps estacionados afuera. Ya en la calle el escolta rengo mira pa la izquierda. Luego jala una flema arrugando la nariz y la suelta sobre la banqueta sin mucho empacho. Después mira la Navigator del patrón. Impecable. 70 mil dólares en cuatro ruedas. Ahí nomás para dar el rol de los viernes o para cruzar a McAllen, cerrar algunos tratos y moverse con discreción pues los soldados y federales que llegaron hace un mes a esta ciudad, siguen reventando casas y carros lujosos. El del patrón se ha salvado: ese fue el acuerdo. Allá, sobre la calle que conduce a la terminal de autobuses atiborrada de polleros que se hacen pasar como pasajeros viene una camioneta que al rengo se la hace conocida. Es la misma que todos los días se coloca en las vías del viejo tren que cruza la ciudad de madrugada haciendo un ruido endemoniado que se escucha a varias cuadras a la redonda. La misma troka que apunta, quien entra, sale y quién no parece conocido en la plaza y quien se dirige por la avenida Hidalgo al puente internacional que cruza hacia McAllen, Texas. El polarizado es inconfundible. Una Santísima Muerte que recorre desde el toldo hasta la parte baja del vidrio trasero. Parece un recorrido de rutina, como los que se hacen en los cuatro puntos carreteros que llegan a la cuidad para no dejar ni una entrada descubierta o para decirlo mejor: que ni un solo federal pase desapercibido. “El Rengo”sabe bien que cuatro escoltas no son nada para todo el aparato de protección que se tiene. Adolescentes en bicicleta, hombres que venden elotes en las esquinas, despachadores de gasolinas, taxistas, policías municipales, y muchachos entre 17 y 21 años reclutados por unos cuántos celulares, algunos miles de dólares y el placer de hacer mandaditos para “La Gente”, así le dicen a los narcotraficantes acá en la frontera. Parece que nada se ha salido de control. Por lo menos así lo muestra “El Rengo”que se baja la banqueta y mira hacia arriba, al segundo piso de los baños de vapor. Ahí donde se tejen otro tipo de historias entre hombres bien parecidos de facciones finas que se meten por docena al baño turco acompañados de una botella de tequila. Después –sabe bien “El Rengo”- ahí correrá de todo. Pero ya lleva 10 minutos allá afuera. El patrón puede desesperarse y eso es más peligroso que cualquier federal rondando su territorio. Porque cuando patrón dice ¡ya estuvo!, es que ya valió madres.

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