Nuevo Laredo: El Señor de los amuletos

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A finales del 2003, en el penal de La Loma (demolido en 2007) un reo conocido como El Brujo, se decía experto en proteger los cargamentos de droga de cárteles mexicanos con amuletos hechos con sangre de personas y animales.

Por Darío Dávila

Enrique Sánchez, El Brujo, quien degolló a una mujer para liberar a un narcotraficante del penal de La Loma,habla mientras camina por el patio de esta cárcel de Nuevo Laredo: “Mi´jo, tenemos que abrirle un camino al narco”.

 — La mafia es la mafia. Si yo te prometo que tu tonelada va llegar, así será. —Si no le pago al brujo ¿me muero?

—No te mueres. Sencillamente se te quita la protección. Aunque fueras el narcotraficante más grande, cuando quedas mal con tu protector vas a tener dificultades en cruces de droga, cobro de dinero. Tendrás que mandar mercenarios y todas las cosas se te van a ir complicando.

—¿Para quién trabaja usted?

—¡Mi´jo!, vive más el que menos sabe.

Enrique recorre el estrecho pasillo que conduce hasta la diminuta puerta de las visitas. Los reos agachan la mirada a su paso.

—¡Uno es el que lleva al narcotraficante al infierno o la gloria. Uno trata de llevarlos a la gloria pero ellos deciden irse al infierno.  En estos negocios de la mafia y el destino, nunca nadie se ha escapado.

—¿Cuántos ha llevado a la gloria o al infierno?

—A muchos.

Enrique Sánchez dice que es muy conocido dentro de México y fuera de México.

—¿Ya le ganó a la DEA? —Le he ganado como decimos los mexicanos: chingo de veces.

El Brujo, así le han dado por llamarle sus compañeros de celda, comienza a empaparse de sudor. Su aliento es seco y con olor a Tabaco.

Dice que su encierro es por  “cosas de nobleza y traición”.

—   ¿Traición?

—A veces, porque las personas que te contratan para determinado trabajo no te quieren pagar, ya que dentro de las leyes hice algo que fue muy malvado.

—¿Qué tan malo? —Entraríamos en una polémica. Algo que se hace por dinero, se hace por dinero. Aquí en Laredo, no soy el único que puede vender su voluntad su honor y su conciencia.

El Brujo se muestra renuente. No quiere contar que hace un año “trabajó” para un narcotraficante y asesinó en Nuevo Laredo a una joven llamada Patricia Elizabeth Sánchez Colunga, de 19 años.

La estranguló y degolló. Después puso un frasco cerca de la herida que le hizo en el cuello y lo llenó. Con un rápido movimiento se pone de pie. Se rasca la cabeza. Le da media vuelta a su gorra: “Estoy condenado de por vida y acepto que tengo la culpa, pero deben saber que no fue un homicidio, sino un sacrificio para ayudar a otra persona”.

Dice “de por vida”, pero en realidad Enrique, nacido en Veracruz de padre cubano y madre mexicana, cumple una condena de 11 años de prisión.

En realidad, según sus rituales, El Brujo pretendía “abrirle el camino” y las puertas del penal de La Loma al narcotraficante Antonio Rodríguez El Seco, miembro de la banda Los Texas, gatilleros del ex líder del cártel del Golfo, Osiel Cárdenas Guillén.

“Fue un ritual por el cual me ofrecieron una cantidad de dinero”, explica.

— ¿Cuánto?

—   Un millón 240 mil dólares.

Los custodios del penal de La Loma ubicado en las afueras de Nuevo Laredo se muestran nerviosos. Uno ha dejado un plato de comida sobre la mesa, junto a la macana. Parece caldo de pollo con especies. El olor ha atraído a dos de reos que miran el plato por la reja.

—¡Hey, hey! ¿Nadie se lo va a tragar?, pregunta uno de ellos manoteando al aire. El vigilante, corpulento y con la cara grasosa, responde seco: ¡No! Pasan dos minutos y de nuevo el preso grita:

—¡Hey! ¿Nadie se lo va a tragar?—.

Por un instante parece que el custodio cederá a la petición. Aún así, agarra la macana pero entonces suelta: —¡Ya pues, llévatelo!

La escena perturba a El Brujo. Pero sigue contando: “A veces nosotros le hacemos el trabajo por un millón de dólares y ellos vienen y te abren con medio millón y te dicen que luego te pagan la siguiente mitad. Entonces cerramos caminos y el narcotraficante va a quedar como un chiquillo de pecho”.

—¿Sin ustedes el negocio no iría bien?

—¡Así es! La carga nunca va a llegar. Es que la coca contiene éter. Ellos nunca van a poder cruzar un kilo de cocaína cuando tienes perros entrenados para detectar un check point de Migración de Estados Unidos.

 Algo pasa que se hace a El Brujo detenerse en su conversación: se queda ensimismado, pero vuelve a “aparecer”:

—Un fetiche como nosotros te descuartiza un perro o un gato, le saca la matriz y cuando entonces el perro de la DEA olfatea el cabrón en vez de detectar la droga se va excitar.

De pronto, un par de mujeres hermosas salen de dos dormitorios ubicados junto al patio y una jauría de silbidos las escolta hasta la salida. El propio Brujo las saluda con mucha confianza. En La Loma, El Brujo tiene sus clientes pero no dice sus nombres ni dónde viven.

—¿Para quién trabaja?

—¡Mi´jo!, vive más el que menos sabe.

—¿Dónde están los demás brujos ?

—Uno es Constantino Martínez, quien ahora es pastor en Puerto Rico. Otro está en Colombia. Otro en Brasil. Viven dispersos en algunos lugares. Pedro Herrera está en Monterrey. Se pasea por el Barrio Viejo. En esta situación en que estoy yo no debería de revelarte más.

Enrique está seguro de que es un sacerdote en Palería, término que viene de la religión afrocubana y que se refiere a la santería hecha a base de “palos”, o sea ramas del monte. Pero su madre nunca estuvo de acuerdo con que Enrique fuera “palero”: Doña María Evangelina Sánchez, una bruja natural de un ranchito que se llama Zihuapán, cercano a Catemaco, no le gustaba que su hijo enterrara muñecos en la tierra.

—¿Y por qué con tantos “poderes” no se ha escapado usted de La Loma?

—Porque lo que hay que tener es paciencia.

—¿Y para cuánto le da la paciencia?

—La paciencia me da para cuando viene una persona que viene representando a alguien que quiere tocar la gloria y que paga mi honor, mi voluntad y mi conciencia.

—¿Y eso cuánto vale eso?

—Tres millones de dólares.

—¿Con eso, en qué me puede convertir?

—¿Qué, quieres ser un Pablo Escobar?

—No, un Osiel Cárdenas, por ejemplo.

—¿El de la casa de la Cuchilla de la Sexta Avenida?

—Sí, pongamos.

—¡Ah!, perfecto nos estamos entiendo. Ahora Enrique se sienta en un banco del patio. De pronto, sin que venga a cuento, empieza a hablar de su padre: “Papá era un santero que llegó de Cuba exiliado en los años 70. No hay cosa más orgullosa para un padre que el hijo haga siempre lo que desea: por eso yo soy brujo”.

—¿Tiene iglesia?

—No. Yo lo que tengo es un sacerdocio en santería que se le conoce como babalao. O sea, yo soy un babalao.

Los reos comienzan a desesperarse de ver que El Brujo lleva ya casi dos fuera de las celdas. El calor se vuelve insoportable.

El penal comienza a llenarse de ruidos de presos que golpean las rejas. Pero Enrique ni se inmuta e intenta negociar con los guardias que le dejen mostrar sus amuletos al reportero: y se lo permiten.

A pesar de las protestas de los presos, los custodios dejan que El Brujo permanezca un rato más en el patio.

—¿Tiene hijos?

—Sí, en el otro lado.

—¿Qué le dicen?

—   Pareciera algo psicóticoco si yo te digo que amo y adoro a mis hijos, los protejo.

—¿Desde aquí los protege?

—Mira no estoy en juegos. Pero te voy a decir una cosa, si de aquí me tocara accionar hacia fuera, se puede.

 No le queda mucho tiempo para seguir conversando. De pronto se encamina a su dormitorio. Los reos lo ven pasar con sus “trabajitos” en las manos. Luego confiesa: “En estos momentos estoy desprotegido porque no tengo los collares que me protegen”. —¿Teme que lo maten?

—   No, sólo espero mi día.

—¿Cuál día?

—Cuando amanezca con los ojos cerrados.

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