Sabuesos de cadáveres en la tierra de El Chapo

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Su nariz era tan grande que parecía tener vida propia. Las fosas se le abrían tanto que emulaba a un atleta buscando el oro en los cien metros.

Quería cruzar la meta que lo llevara a su premio: saber el nombre de aquel policía que fue asesinado en el bulevar Emiliano Zapata de Culiacán.

Dicen los colegas que el olfato de los empleados de las funerarias, es proporcional a la violencia. La fórmula es sencilla: entre más sangre, más fuerte es el aroma que los hace llegar hasta los cadáveres. Porque dependiendo del muerto, es la comisión.

“Siempre se están peleando por ganarse a los muertitos”, confiesa un reportero gráfico que ha acudido al sitio.

Habría que creerle porque a su lado, uno de estos sabuesos de cadáveres tiene la mira puesta en una camioneta con el cuerpo de un policía ministerial. Sobre el asfalto, ha quedado embarrado el caucho, después de que los disparos, hicieran pedazos los neumáticos de la camioneta.

– ¡Eh, compa! ¿ya tienes el nombre?, pregunta uno de los empleados de la funeraria San Martín, quien aprieta en su mano derecha un radio donde alguien más le responde: “…Mejor jálate a Los Pinos. Acá hay un 41 (clave que indica que existe un muerto), pero ¡ya!, jálate.

Parece que de nuevo su nariz piensa sola. El empleado de la funeraria aborda su camioneta y se pierde calles arriba. Pero no todo está perdido. Porque su chamba también le permite cruzar información con policías, agentes y reporteros.

Antes de marcharse, deja a otro de sus colegas a cargo de la cacería del cadáver. Cuadras arriba, el manjar de la comisión podría ser mayor. ¡No lo sueltes, compa!, alcanza a decir.

Dicen los científicos que la hemoglobina da ese color rojizo a la sangre. Pero al contacto con el medio ambiente, las células de la sangre comienzan a morir.

Ese olor, que muchos describen como “olor a hierro”, aparece y se pega a la nariz.  Esa noche el aroma había impregnado varias casas en la colonia Los Pinos de Culiacán.

El aroma atrajo a los cazadores de cadáveres. “¿A quién busca señora?”,  dice un funerario a una mujer, que desesperada manotea al aire y pregunta si allá adentro, en el taller donde murieron 9 personas, está su hijo.

Antes de responderle a la señora que ha de acariciar los 50 años, tres sabuesos se aproximan: “¡A ver, trae la lista!”, pide uno de ellos y suelta: “Sí, está allá adentro”.

A su costado, una camioneta para transportar cadáveres parece cobrar vida. Es como si esperara una luz verde, para arrancar vertiginosamente hasta la entrada del taller batido entre grasa y sangre de los cadáveres.

Los minutos pasan y los empleados de funerarias parecen desesperarse. El calor remilgoso los ha curtido. Están diseñados para tener paciencia. Porque también la paciencia es una forma de ganar. Ellos lo saben. Ha de ser por eso que desde lejitos, parados en la defensa de su camioneta, o muy cerca de los familiares, esperan mientras las fosas de sus narices se amplían al filo de una banda amarilla colocada por la policía que impide el paso a su comisión: los cadáveres.

* Esta crónica la escribí en 2008 y fue publicada en el periódico Noroeste, de Sinaloa.

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