Yoawi: El niño que supo escuchar al viento.

Por Darío Dávila

La respuesta de esta historia está en el viento. Dicen los wixárikas que solo podrían entenderla aquellos que tengan los oídos limpios. Libres de ese estruendo que no deja espacio para que el mundo escuche las enseñanzas de José y Yuawi López y su universo desde el Ojo de Dios.

— ¿Sabes cómo velar al viento? ¿Cómo leer el fuego en las noches de estrellas?, pregunta José mientras se lleva las manos al pecho.

Hay preguntas que no entienden de tendencias en redes sociales. En la sierra sólo hay silencio, cielo, oscuridad y fuego. Es una cosmogonia ancestral que guía a Yuawi López a sus 9 años. Su abuelito, Tatawari es el fuego y su guía para el camino correcto es Maxa, el venado. Son guardianes de la energía que fluye en universo mágico de Yuawi y los suyos.

Aquí las corrientes que soplan por las barrancas quieren gritar que entre ellas viven unos viven unos 50 mil huicholes que comparten esta región de Jalisco, Zacatecas, Durango y Nayarit en un territorio de unos 4 mil kilómetros cuadrados.

Yuawi ha tomado del brazo a su padre José López, de 46 años, para andar este camino. Su madre se fue de casa cuando él tenía 3 años. Desde entonces es alumno, otras maestro y también hijo. Ha participado en concursos de canto por televisión, spots para promocionar ciudades y recientemente lo invitaron a viajar con candidatos en Guadalajara, Jalisco, para hacerlo entonar la canción del “Movimiento Naranja” en el asiento trasero de sus autos.

El cantante da saltos como si tuviera resortes pequeños en sus pies abrazados por huaraches verdes en el Centro de Jerez, Zacatecas, a 700 kilómetros de la Ciudad de México.

Su padre responde el móvil mientras carga su guitarra esquivando bandas de música conocidos como tamborazos que los domingos tocan en el jardín principal de este pueblo contratados por hijos de migrantes zacatecanos y visitantes locales.

Yuawi y su papá dijeron sí a un comercial de un partido político formalizado en 2011 como Movimiento Ciudadano. Una organización que tuvo sus orígenes en Veracruz en 1999 liderada por Dante Delgado, un ex preso político educado en el sistema del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que durante más de 60 años ganó las elecciones.

En México, estos partidos dominan la técnica de quitarle presupuesto público al gobierno y negociar votos con el puntero o el segundo lugar. Antes llamado Convergencia por la Democracia, la creación del “Movimiento Naranja” se cocinó con la enseñanza caciques rurales en Veracruz, según crónicas periodísticas.

En el ojo de Dios

José nació en las laderas de una barranca. Su padre Alejandro López alumbraba la tierra con vela en mano mientras Martina Robles, su madre, seguía las enseñanzas del Tatewari, el abuelo fuego.

Como muchas generaciones de huicholes, vio luz en el Ojo de Dios, al norte de la sierra de Jalisco, en la comunidad de Santa Catarina. Uno de los sitios importantes del cosmos wixárika que representa los puntos cardinales del planeta. Y ellos al centro del universo.

Por eso cuando le preguntan —“¿De dónde viene?”, él y su hijo dicen que son de Nayarit, Durango, Jalisco y Zacatecas.

En su niñez, José conoció a Tayau, “nuestro padre” Sol; a Takutsi Nakawe la bisabuela; a su madre Tatéi representada en la lluvia, el maíz, mar o cielo. Y a su hermano mayor cola de venado, Tamatsi Kaukumari. Según “El Costumbre” huichol (Así nombran a sus tradiciones) las enseñanzas de familia tienen un ciclo de 5 años para cada wixárika.

Los dioses huicholes se aparecen en lugares sagrados como peñascos, cuevas en la sierra, ojos de agua, lagunas, montañas y plantas mágicas.

A veces, encontrar el amanecer es algo único para los huicholes. Y José, con sus 46, ha hallado ese híbrido entre el mundo wixárika y la música. Dice que en 1991 una corriente de viento en Wirikuta (Un lugar  sagrado de los Huicholes ubicado en San Luis Potosí) le dijo al oído que empezara a crear música.

Comenzó con el guitarrón de mariachi, pero no hacía buen sonido. Le metió un contrabajo norteño que  “adornaba” muy bien. Y surgió la magia. El canto del venado viajó hasta convertirse en el Venado Azul, una agrupación fundada por José López.

José defiende: – Nosotros no queremos conquistar. Queremos dar un mensaje en wixárika.

— A veces no somos valorados. Existimos para que no le den la espalda a todos los indígenas. Que sepan que hay talento y que no únicamente comemos los frijoles que sembramos y ya.

José aprovecha para referirse al spot político en el que su hijo Yuawi canta “Movimiento Naranja”.

— Quizá para ellos ( Movimiento Ciudadano) sea una oportunidad y para nosotros también. Porque de otra manera, nadie nos hace caso. Así de fácil. La gente dice lo que dice de nosotros porque les falta capacidad de entender nuestra cosmogonia.

En un instante de la charla José abraza con la mirada a Yuawi y dice:  — El árbol que plantes no va a florecer como tú quieras, sino como la naturaleza quiere.

Una emboscada naranja

En semanas recientes una oleada de preguntas ha emboscado a Yuawi y su padre. Algunos los han puesto a cantar para sus audiencias e incluso los han invitado a sus redacciones locales para entrevistarlo.

La fiebre de la canción de “Movimiento Naranja” ha traído debate en los principales telediarios mexicanos que cuestionan su participación. De pronto fue noticia un niño wixárika en un país donde los pueblos indígenas son desplazados por la violencia y el hambre.

Un diagnostico sobre los derechos de los pueblos indígenas presentado a mediados de diciembre de 2017 por la Relatora Especial de Naciones Unidas, Victoria Tauli-Corpuz, mostró casos de violencia  contra pueblos indígenas.

Las etnias le contaron de masacres, asesinatos, desapariciones forzosas, violaciones, torturas y desplazamientos forzados por el crimen organizado.

En México las encuestas realizadas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía en 2015 cuentan a 12 millones 25 mil 947 indígenas que equivaldría a la población completa de países como Cuba, Guatemala o Portugal.

El  investigador “bendito”

Un mara’akame  — chamán huichol— llamado Benito Carrillo, soñó alguna vez que Leobardo Villegas Mariscal recibía bendiciones de los dioses huicholes. Leobardo ha cruzado camino con los wixárikas durante los últimos 20 años.

Ha estado en casi todos sus lugares sagrados en Zacatecas, Durango, Nayarit y Jalisco. Es docente investigador de tiempo completo en la Unidad Académica de Filosofía de la Universidad Autónoma de Zacatecas y tiene una Maestría y Doctorado en Historia de América Latina: Mundos Indígenas, en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, España.

Su voz cuenta mucho cuando se trata de entender la realidad huichol que según los dioses busca mantener la armonía en el mundo.

La primera advertencia llega pronto. — Hay que salvar a los huicholes de sus admiradores, parafrasea Leobardo frente a café mañanero en la ciudad de Guadalupe, Zacatecas.

—Dejemos de victimizar a la sociedad huichol. Ellos nunca serán lo que los indigenistas piensan, indica.

Villegas Mariscal sugiere eliminar esa ansiedad de pensar que los pueblos indígenas son atrasados e indefensos.

— Debemos abandonar la idea de victimizar a las sociedades indígenas. De considerarlas mundos aislados, anclados a una tradición antigua. Las sociedades indígenas están abiertas al exterior y su identidad siempre se está construyendo. Los huicholes tienen que ingeniárselas en un mundo capitalista.

El huichol -expresa Leobardo- puede adoptar una personalidad chamánica y ser muchas cosas: Un cultivador del maíz, un trabajador de la droga en la sierra, un peón asalariado en una plantación de chile o café. Un niño que canta en un spot publicitario.

Ese ingenio para sobrevivir puede verse en Jerez y Zacatecas donde wixárikas comparten cuartos de vecindades que alquilan por 150 ó 500 pesos al mes. Ahí viven niños y mujeres provenientes de comunidades serranas. Su tiempo lo dividen entre la venta de artesanías y agrupaciones de “Mariachi Huichol”, una mezcla de sonidos creados por su fundador José López.

En la colonia Organización Campesina en Jerez, está uno de esos cónclaves. En esa vecindad conviven ancianas que recolectan plástico y cartón para sobrevivir. Recién ha salido un grupo de wixárikas contratado para tocar en una fiesta local. Sus vecinas dicen que llevan más de un año viviendo ahí. — Vamos a un encargo aquí cerca, dice uno de ellos mientras intenta escaparse a velocidad cargando una guitarra.

Leobardo explica que los huicholes viven una realidad compleja donde “nunca están en armonía entre ellos”.

— Viven en un mundo donde la tierra es comunal, pero como no hay un catastro y las familias tienen peleas por sospecha de brujería. Entre los huicholes si sueñas que alguien te embrujó, es que te embrujó. Los sueños son fuente de verdad.

Los huicholes están dispuestos a cumplir la fantasía de los mestizos si obtienen algo a cambio.

Es una estrategia económica porque tienen que sobrevivir. Tenemos el rollo de decir  “pobres indígenas”, pero ellos están dispuestos a jugar al juego si obtienen algo a cambio para sobrevivir.

— Yo no los quiero ver siempre haciendo sacrificios al fuego; quiero que tengan la ventaja que tenemos nosotros. De los celulares, del Facebook de una computadora. Que ellos decidan hacer lo que quieran con su propia cultura.

Días después de la charla con Leobardo encontré a Pascual Enríquez, un wixárika que esperaba a las afueras de un Oxxo juntar dinero suficiente para regresar a su pueblo San Sebastián Teponahuaxtlán, en la sierra norte de Jalisco. Tenía una semana en Zacatecas esperando a que su esposa saliera del Hospital General.

— Sangraba mucho de la nariz, me dijo.

Pascual se sentaba con la paciencia de quien en silencio espera caigan unas monedas.

— ¿Y sus hijos?, pregunté.

— Ellos se quedaron allá en la comunidad. No pueden venir todos porque no hay trabajo. Nos venimos de raite.

— Tengo dos que son grandes y dos chicos. Esos me los regalaron así de chiquitos (dice mientras junta las manos como si cargara algo diminuto entre ellas). Luego se queda esperando más monedas para regresar a la sierra, ahí donde el Ojo de Dios y el abuelo fuego lo esperan de vuelta.

El niño que venció la montaña

Algunas historias de niños huicholes nunca se sabrán.

Francisco Javier García Carrillo echa mano de su memoria para narrar el día en que salió de Guadalupe Ocotán en Nayarit y se enfiló hacia el río sagrado de Chapalagana bordeado por cañones. Tenía 6 años.

— Esperé a que bajara el agua. Después crucé hacia San Miguel Huaistita donde descansé un día. A la mañana siguiente me fui a Popotita.

Francisco tuvo que bajar la serranía para después enfilarse hacia San Andrés Cohamiata. La ruta siguió hacia Canoas – San Juan Capistrano – Huejuquilla – Valparaíso – Fresnillo y finalmente Zacatecas. Fue un viaje de más de 10 días.

— ¿Qué significó esa travesía?.

— Todo comenzó con la desesperación de no tener ningún pariente y donde vivir. Estaba solo y sin que nadie que me detuviera. Agarré una bolsas con ciruelas y guamúchiles. Me dormía en los árboles por miedo a que los coyotes me comieran.  No sé como pude haber hecho tanta cosa. Yo andaba descalzo.

La travesía de Francisco, ahora con 58 años, es similar a la que emprenden familias wixárikas y de otras etnias que han cambiado la sierra y el maíz por ciudades con servicios. El huichol encabeza la organización en Zacatecas llamada Tame-Enjuaros AC. dedicada a gestionar a favor de los diferentes grupos asentados en esta ciudad como mazahuas, purépechas, mixes, mixtecos,  tepehuanes y huicholes.

— Gestionar no empobrece, dice el hombre que de niño que cruzó las montañas. — La recompensa vendrá con el tiempo.

Y advierte: —Si las etnias se unieran, se acabaría y la guerra y abundaría la paz. Las deidades no nos van a salvar de la pobreza y el hambre. Hay que buscar el equilibrio.

— No entiendo como mi gente no se da cuenta de que están en el abandono. Por eso viven entre 3 y 4 familias en una casa.

Una semana después Francisco me contaría que el cheque que mensualmente le da el gobierno del Estado para poder ayudarse en su economía se había retrasado.

El chamán en el silencio 

Dicen que para ser un mara´akame (chamán) hay que vagar cinco noches por los montes esperando las revelaciones de los dioses. Se necesitan cinco peregrinaciones a sus lugares sagrados para ser uno de estos maestros. El guía pide permiso para que se abran las puertas hacia Wirikuta en busca del peyote. Son umbrales que conducen hacia las “velas de la vida” y hay que cuidar que nunca se cierren.

Una de esas puertas, permanece en esta región del norte de Jalisco. A éste tierra sembrada por los wixáricas  desde hace 900 años, según investigadores, se llega por una carretera que serpentea cerros teñidos por el sol. Hay que acostumbrarse al silencio de sus calles alargadas que desembocan en el jardín central de Huejuquilla el Alto donde los wixárikas se reúnen los fines de semana para vender sus artesanías.

Jesús Medina, un hombre de mirada transparente que vive en el corazón de este umbral fundado en 1573 por misioneros españoles, me ha contado de un sitio donde atiende uno de los mara´akames más importante de la región. Se trata de un Hospital Multicultural a las afueras de Huejuquilla el Alto en Jalisco.

Fue inaugurado en abril de 2016. Costó más 124 millones de pesos y aún no funciona al 100 por ciento. Faltan cirujanos, personal de enfermería que no quieren venir a este municipio porque no les pagan lo mismo en que la capital de Jalisco.

En 2016 llegaron funcionarios  para decir que el hospital ayudaría a unas 70 mil personas y comunidades indígenas de Jalisco, Durango, Nayarit y Zacatecas. Pero aquí solo hay silencio. En el área destinada a las comunidad wixárikas permanecen una partera, un traductor y el hombre más sabio de este hospital: El mara´akme Agustín de la Torre Santiago.

Las comunidades wixaritari bajan hasta el consultorio de Agustín a pedir que los cure. Antes se lo llevaban por montes y caminos hasta sus rancherías. Ya es muy viejo. Sobre un pequeño escritorio, el chamán tiene sus instrumentos de curación: las flechas, el espejo, la vara emplumada, yerbas sagradas y sus auxiliares divinos, una cruz católica y una imagen de la Virgen de Guadalupe.

Las flechas wixárikas son a veces untadas con sangre de animales sacrificados. La sangre les confiere poder, las hace hablar y conectar con el mundo de los dioses. En ellas van los mensajes que quieren mandar a sus deidades. “Son una especie de rezo u oración”, indica.

Agustín tiene más de 70 años como chamán y tiene el poder del monte. Las piedras le hablan y cura cantándole a las deidades. Esto -dice- no lo usa cualquier persona.

— ¿Cómo los cura?

— Con un espejo consulto lo que traen. Ahí sale toda la enfermedad. También hablo con el mero poderoso (Dios) y con las deidades huicholes.

Para curar es necesario saber sentir. Por eso Agustín de la Torre Santiago podría morir en el intento. Según “El Costumbre”, wixárika Agustín con sus ojos medio grises y cansados chupa la enfermedad del cuerpo y después la escupe. Algunos mestizos dicen que salen “como piedras” que sólo él puede tocar y regresar a la tierra.

— Ha venido gente desde China a que la cure, me dice y alza con orgullo la vara emplumada como símbolo de su poder.

A su lado está Antonia Pinedo Rojas. Es partera huichol y también se auxilia de los dioses para ayudar a las mujeres indigenas a tener sus hijos en este hospital con 22 camas, 10 consultorios y áreas de Traumatología, Cirugía y Ginecobstetricia.

—Si les duele el bebé se los acomodo. Si el cordón umbilical está enredado se lo quito y ya. Les alivió también en casa, dice.

Ella viene de un cerro sagrado donde nacen las nubes que traerán lluvia, una comunidad llamada Haimatsie-Peña Colorada enclavada entre cañones y ríos.

Un paciente ha llegado a consulta. Agustín tiene que atenderlo. Antonia sale del consultorio. Hay que hacerle espacio a los dioses para empezar a curar.

La puerta de las nubes

Hay una paradoja wixárika. Se dice que sólo llega a Wirikuta aquel que se ha sacrificado y que puede soñar despierto. En esta ruta la última puerta está en Zacatecas. Y según los huicoles, la abre el hermano mayor cola de venado con sus cornamentas. Solo así,  las nubes chocan entre sí y se apartan para guiar a los peregrinos.

No será fácil cruzar este umbral. Una investigación realizada por Leobardo Villegas en los sitios sagrados de los huicholes en Zacatecas, sugiere que los caminantes que cruzan por primera vez, tendrán que cubrirse los ojos “de lo contrario las fuerzas solares o los remolinos de viento podrían dejarte ciego”.

En el umbral empiezan a ocurrir muchas cosas. Si alguien está llorando se dice que está cantando de alegría. En el imaginario de los peyoteros, Zacatecas es el último lugar que hay que franquear para enfilarse hacia la sierra donde crece el peyote. Es es un gran templo. “Los cerros que las rodean son las paredes y el cielo el techo”, me dijo Leobardo.

Decidí ir a la puerta de las nubes conocida como “Hainamári” para conocer ese sitio sagrado ubicado en la comunidad Cieneguillas. La bordean tierras ejidales que se resisten a ser absorbidas por la mancha urbana que se desparrama entre terrenos invadidos, nuevos fraccionamientos y campos de chile y frijol.

Adelante, rumbo al poblado de Picones hay que mirar desde una loma un trazo de tierra rojiza para guiarse rumbo a la cima de los cerros. Pero el camino se acaba porque los llanos han sido tomados por turbinas eólicas que parecen chocar con las nubes.

Sobre estos montes conocidos por los wixáricas como Makwipa (lugar de descanso) los ejidatarios zacatecanos rentaron sus tierras  a una empresa extranjera para que el viento y 65 turbinas produzcan energía para Zacatecas y Volkswagen en el llamado “Parque Eólico la Bufa”.

De hecho, la instalación de este complejo fue motivo de una consulta indígena ante la Unión Wixárika de los Centros Ceremoniales de Jalisco, Durango y Nayarit A.C quienes “consintieron” el desarrollo del proyecto al afirmar que no afectaba  “directamente ni significativamente”, el territorio cultural o sagrado del pueblo wixárika, según un acta de Asamblea firmada el 4 de noviembre de 2017 en la Secretaría de Energía.

BlackRock opera una de las plataformas de inversión en energías renovables más importantes del mundo, con más de 2.500 millones de dólares en activo. Ahora los coyotes, las víboras y las nubes deben pasar cerca de esas turbinas. Y escuchar su gemir sobre los montes cuando el viento choca con ellas y abre las puertas rumbo a wirikuta. Ahí donde la luz se opone a la oscuridad del inframundo.

Aquí desde el cerro de  la Bufa con las puertas del cielo abriéndose, imagino que Yoawi seguirá cantando con la guía de hermano mayor cola de venado —que te muestra el camino correcto—. Hará visible a su gente y a otros pueblos indígenas. Ese propósito se lo ha enseñado su padre quien ha velado el viento como marca la tradición.  De a poco vendrán las enseñanzas de las deidades. Ahorita se trata de “cómo vivir la vida; porque mi papá me enseña buenos consejos”, dice Yuawi.

Seguirá con el Ojo de Dios en el pecho porque es “muy bueno para los niños”.  Y porque ofrendar un ojo de Dios por cada año de vida, es ganarte ese viaje infinito. Un viaje que Yuawi ya comenzó por los que vienen detrás.

Apunte del editor: Esta pieza  fue redactada a finales de enero pasado. Meses después (en abril) el pequeño seguía dando conciertos en el sureste del país acompañando a candidatos del Movimiento Ciudadano. 

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