1971: El Halcón que cazaba periodistas

Foto: AGN

Antes de comenzar:

Los Halcones fueron un grupo creado entre 1966 y 1967. Se hablaba de más de 800 golpeadores y karatekas al mando del militar Manuel Díaz Escobar Figueroa, “El Maestro”, entonces Subdirector de Servicios Generales del DDF, que durante los dos años anteriores a la tragedia, recibió instrucción de box, judo, karate y bojun-su. Según reportes del Archivo General de la Nación, Los Halcones también participaron en la matanza de 2 de Octubre de 1968 y posteriormente en el asesinato de jóvenes el 10 de junio de 1971. Esta es la historia de uno de ellos. El reportero lo contactó en el 2002 y accedió a regresar a la escena de
una de esas matanzas en San Cosme.

 

Por Darío Dávila.-Periodismo Indeleble

La misión de Roberto era buscar a los periodistas para confiscarles su material.

Sucedio así: El joven halcón tenía entonces 19 años y agachaba la cabeza cuidándose de los disparos. De pronto corrió hacia la acera del Cine Cosmos, pero tropezó con dos cuerpos embarrados de sangre fresca.

Les vio los rostros y tenían sendas muecas de espanto y miedo. “Sí, tenían como mi edad”, recuerda ahora este ex halcón que camina por las calles, donde ocurrió la matanza aquel 10 de junio de 1971.

Eran finales de 2003 y vivía en San Juan de Aragón. “Una colonia infestada de Halcones que ahora ya han muerto”, cuenta don Roberto, quien ahora tiene 51 años y una cara que más bien parece una cartografía con decenas de trazos.

Recuerda que fue entrenado en una pista que se ubicaba en el Bosque de Aragón (al norte de la ciudad) por ex militares y hasta por miembros de la Armada Japonesa.

El ex halcón empieza a caminar por la Calzada México- Tacuba y cuenta: “Nos pagaban cada 12 días, entre 700 y 800 pesos. Ahí, aprendimos a ir cerrando el circulo para atrapar a los líderes que teníamos encomendados”.

Y reitera que aquel 10 de junio tenía que buscar periodistas para detenerlos: “No había de otra, para eso estaba entrenado y para que lo hiciera me vigilaban”. “En un principio teníamos órdenes de dejarlos pasar. La estrategia era cerrar un círculo para detenerlos”, platica sorteando los puestos de carnitas, tacos que en ese entonces todavía no colmaban la México-Tacuba, como ahora.

De pronto “¡Pum!, se escuchó rugir un lanzagranadas. “Para mí fue la señal. “¡Mira!, ahí pegó una de las explosiones —dice señalando hacia el Circuito Interior—. Hasta los compañeros se ciscaron y se replegaron”.

“Encontré a un periodista gringo corriendo hacia Melchor Ocampo. Cuando quise quitarle la cámara la aventó. Ya no podía hacer nada, o le quitaba la cámara o me protegía de los que estaban disparando desde las azoteas.

“Traían paliacates. Algunos salieron a las esquinas a disparar descaradamente. Teníamos que identificarnos con claves como La Sombra, El Monstruo, La Huilota, El Virolo, El Diablo, El Barajas, Los Caballos, Los Chinos, El Echeverría, Los Duendes, El Andrónico. “Todos ellos estuvieron ese día.

A algunos les dieron rifles M16 y comenzaron a tirar a mansalva”, sigue platicando el ex halcón al cruzar hacia el Cine Cosmos, ahora abandonado y destruido por el tiempo”.

Ya para entonces, en la esquina de Circuito Interior y México-Tacuba, decenas de granaderos con caballos habían logrado “cerrar el círculo”. Y, aunque algunos de los líderes estudiantiles lanzaron canicas para que los enormes animales (caballos) se resbalaran, los estudiantes poco o nada hicieron ante las macanas y puntapiés de los Halcones.

Entonces Roberto vio caer a cinco jóvenes de su edad. “Las mujeres intentaban correr pero era muy difícil. Estaba todo copado. El periodista gringo traía la camisa manchada de sangre. Así también estaban mis zapatos que hasta se sentían pegajosos”.

San Cosme, la Avenida de los Maestros, la Normal y el Politécnico no son hoy los mismos. Tampoco don Roberto quien, con trabajos, accedió a recorrer los sitios donde fueron asesinados al menos 40 estudiantes, según información de la Fiscalía. Se detiene justo en el cruce de San Cosme y Circuito Interior. Observa la enorme fila de carros que deambula pasadas las 6 de la tarde en esa intersección.

—¿Y se arrepiente de haber sido Halcón?
—Sí, pero entonces ya no podía hacer nada.
—¿Cómo?
—Sí, ya estaba adentro y no podía salir.
—¿Quién se lo impedía?
—Ellos.
—¿Los Halcones?
—Sí.
—¿Qué le hubieran hecho si hubiera desertado?
—Me hubieran mandado a desaparecer.
—¿Matado? —Sí. También participaron en lo del 68.

Los halcones estuvieron a prueba en la también agresión contra estudiantes del 2 de octubre de 1968, y actuaron como francotiradores.

El responsable de crear a este grupo paramilitar, según la entonces oficina del Fiscal Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) fue Manuel Díaz Escobar, quien desde 1966 comenzó a infiltrar a los integrantes de los halcones en la nómina del Departamento del Distrito Federal.

En 1971, Díaz Escobar fungió como subdirector de Servicios Generales del Departamento del Distrito Federal y puso a las órdenes de Alfonso Corona del Rosal, ex regente capitalino, a este grupo.

Los halcones fueron los responsables de colocar la bandera rojinegra en el zócalo capitalino, para después culpar a los universitarios y bajo este argumento provocarlos para una confrontación.

Aparte de este grupo de choque operaban otros como el “Acuario”, “Pancho Villa” y “Abejas”. Actualmente la Fiscalía investiga a 200 ex integrantes de los “halcones” trabajaron hasta el año 2000 en la delegación Iztapalapa.

TESTIMINOS INTERCEPTADOS

“El primer encuentro, tanques nos esperaban. Esa tarde saldríamos nuevamente a la calle. Había entre nosotros cierta inquietud por una posible represión”, narra el testimonio interceptado por la Dirección Federal de Seguridad confiscado días después del 10 de junio de 1971 a un testigo de la matanza en San Cosme.

El texto, extraído del Archivo General de la Nación, cuenta que “llegó la hora de partir e iniciamos la marcha por avenida de los Maestros y extrañamente los granaderos nos cedieron el paso… eso se repitió una cuadra adelante… al llegar a la calzada México-Tacuba se escuchó un disparo de lanza granadas… aparecieron los Halcones y comenzaron más disparos…”

En realidad el documento es un ejemplo de lo “eficaz” que resultó la policía secreta del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), un cuerpo entrenado para detener todo aquello que oliera a revuelta o manifestación estudiantil.

“Llegó la hora de partir. Iniciamos la marcha sobre la Avenida de los Maestros. Tuvimos un primer encuentro con los granaderos que al ver nuestra decisión de no desistir de la manifestación, extrañamente nos cedieron el paso”. Y sigue narrando: “Esto se repitió una cuadra adelante. Sólo que al mismo tiempo que permitían nuestro paso bloqueaban las calles que desembocan en la Avenida de los Maestros”.

Ese jueves 10 de junio de 1971 la manifestación convocada por el Comité Coordinador de Lucha estudiantil inició con una marcha desde la Escuela Normal de Maestros.

Los retazos de esta historia, contenida en lo que fuera la cárcel de Lecumberri, indican que “había cinco tanques antimotines, cerca de mil granaderos y cientos de agentes a lo largo de la ruta que íbamos a seguir”. “Al llegar a la Calzada México-Tacuba se escuchó un disparo de lanzagranadas e inmediatamente aparecieron, de atrás de los granaderos y a lo largo de la manifestación, unos mil halcones…”

Los halcones, dice el texto, estaban divididos en seis grupos que portaban garrotes de bambú de 2 metros, macanas y varillas forradas”. INICIAN LOS DISPAROS.Aquello parecía una ratonera.

El joven que redactó lo ocurrido dice: “nuestra columna fue cortada en varios pedazos. De los edificios, el pueblo comenzó a lanzarnos palos y otros objetos para poder defendernos. De una obra en construcción apareció en nuestra ayuda un grupo de albañiles cargando maderos”.

De pronto “volvieron a la carga los halcones”. Pero esta vez respaldados por una descarga de gases lacrimógenos. Lograron avanzar un poco pero no pudieron hacernos huir y retrocedieron”. “Ahora de los edificios nos aventaban algodones empapados con vinagre para los gases.

Una vez más regresaron los agresores pero armados con metralletas, fusiles automáticos M-1, M-2 e incluso M-16 (de los que usan los “marines” en Vietnam) y pistolas automáticas de diversos calibres. Comenzaron a caer compañeros. Muertos unos, otros heridos”.

Y entonces vino la dispersión. “Unos a la Normal, otros al cine Cosmos, al Panteón Inglés, a cualquier edificio. Los heridos comenzaron a ser llevados al Rubén Leñero, donde eran auxiliados por los mismos enfermos y protegidos por grupos de estudiantes”.

La narración siempre apunta a los mismos personajes. “Autos particulares manejados por halcones levantaban cadáveres y heridos”. “Estudiantes destruyen una panel de la policía. Otros toman un camión con el que tratan de embestir a los halcones pero son ametrallados. Los halcones asaltan a balazos el Rubén Leñero y se llevan a muchos lesionados.

CAE LA NOCHE.

“En las calles hay pancartas, mantas, sangre. Frente a la normal, junto a un charco de sangre, había unas veladoras en forma de cruz. Dijeron que allí murió una jovencita”. Ese mismo día, Alfonso Martínez Domínguez entonces regente de la ciudad de México dijo: “El país no quiere revueltas ni motines. Una cosa es la Revolución con mayúscula, creadora, dinámica, reformadora, y otra cosa es la violencia callejera, sin sentido, sin orientación, sin apego a nuestras leyes”.

 

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